
La naturaleza dispone de un flujo propio… muéstrame tú, poderosa muerte/ perdida en los ritos/ cuál es tu señal… cuál tu misterio/ suelta esa palabra que está entre tus demonios y tu claridad/ que hable por fin el cosmos/ aniquilando tus deseos en la penumbra de los inicios/ muéstrame ahora el fin de una caída.
Los golpes metafísicos del sonido acallan al sujeto frente a su espejo.
El presente violento y matemático acopla al cuerpo la pesada gravedad del futuro.
Y los dioses, la muerte, el horizonte/ arremeten, distorsionan y duermen… duermen esperando la tormenta del conciente.
Entonces vuelve esa música de huesos vibrantes que estallan, que crujen y se retuercen/ ácido ultravenoso disolviendo las eventualidades.
Herméticos/ estancados/ clavados en lo corpóreo/ sin poder moverse / como vacas industrializadas/ gigantesco despropósito evolutivo/ viles succionadores.
Muchedumbres consumidas y alienadas/ son agentes de esta realidad convenida/ carteles gubernamentales productivo-religiosos/ viviendo y consumiendo eléctricamente/ autómatas sin horizonte/ sin vergüenza en su materia político-fecal/ tienen ejes puestos en tierra arcillosa, sobre napas subterráneas.
No perciben las fundaciones elementales de la naturaleza/
la remodelación de las acciones cotidianas/
las procesiones del movimiento /
la aplastante prisión de las series/
los órdenes no establecidos que abrazan la brusquedad de los filos dejados por el equilibrio.
Irrumpe un espejo gritando en tus sueños… he visto cómo debe morir cada uno de estos soldados… dónde caerán las piezas de sus cuerpos mutilados, explotados, destrozados.
Yo que fui silencio de la nada, tuve que gritar/ tuve que patear doctrinas, romper reliquias/ desconocer la felicidad y reconocerla en el delirio/ en el caos/ en todo lo que es proceso y no final/ vivir donde caen las bombas / en el desconcierto.
Ahora toman trono en la Tierra / luego serán pupilos cuando la consciencia de ser sea universo/ creación.
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